Paraíso terrenal: mi cubil

Al abrir la puerta siento que todo cambia y que de repente la dualidad de la vida es más que notoria: un recinto tranquilo y vívido, colorido y lúgubre, relajante y emocionante; sensaciones que me dibujan una ligera sonrisa mientras ingreso a ese paraíso de una sola persona, y que se ensancha de una extraña manera al cerrar su acceso con parsimonia.

Es un espacio austero, apenas si alberga un guardarropa que en algunas temporadas rebosa de vacío y una computadora con más de un par de años, pero que es más fiel que un golden retriever cuando de horas extenuantes y continuas de trabajo se trata. Tengo que reconocer que el suelo alfombrado resulta muchas veces un excelente lugar de relajación, sobretodo cuando un par de almohadas me permiten crear un rincón perfecto de lectura acompañada de una suave música que mi radio de antaño, bien ubicada en una repisa con mis 20 libros favoritos, sabe disponer a pesar de no haber renovado mi arsenal de cedés desde hace mas de dos años.

La nota colorida en las paredes blancas con relieve de colomural son los post-its que se arremolinan creando un collage que es mucho más eficiente que mi memoria. La ventana tiene una vista maravillosa, total, alguna ventaja tiene que tener el vivir en el piso 7 de un edificio. Pero a pesar de fungir seriedad y madurez, los dibujos infantiles de mi cortina amarilla denotan que aún disfruto de la simpleza de actuar como una niña y de coleccionar muñecos de anime que coloco estratégicamente: Los más decentes como decoración y los más vergonzosos fuera del alcance visual de cualquier ser humano.

Pero lo más sagrado de este lugar, aquel ente infaltable en mi vida, aquel por el que apresuro el paso de regreso a casa, que me ata y me llena de paz, es el lecho de mi descanso, aquella cama que recibe mis cansancios, mis decepciones, mis esfuerzos truncos y mis sueños rotos; y que con un par de horas de descanso convierte todo lo malo en energía para una nueva batalla por mis anhelos.

Los cuatro muñecos de felpa que reposan en mi almohada me devuelven la sonrisa. Es hora de dormir.

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