Camino en las tinieblas

Mi largo camino a casa inicia cuando la noche ha caído cubriendo con su negro manto la ya bastante lúgubre ciudad de Lima. Los autos empiezan a escasear y las personas apresuran el paso hacia sus hogares augurándome que esta, como muchas otras, será un regreso agitado y no libre de temores.

La universidad anuncia su cierre con el silencioso recorrido del guardián que a su paso deja las aulas en tinieblas. Los alumnos abandonan el centro de estudios con cierto cansancio que esconden tras sonrisas de consuelo: más de uno sabe que hay una fiesta que lo aguarda. El motivo de mi sonrisa es distinto y, mientras camino hacia el paradero casi contando mis pasos, solo anhelo que el autobús no tarde en llegar, que las personas de su interior no sean tan abundantes, y que el cobrador no me mire con cara de pocos amigos al mostrarle mi carnet universitario. Como de costumbre, ninguno de los anteriores se cumple, encontrándome una vez más en el colectivo que recorre con velocidad asesina la avenida de La Marina, aplastada por mujeres rollizas, hombres corpulentos que ocupan más de medio asiento y uno que otro universitario que muy probablemente reza al igual que yo por llegar lo antes posible a su destino.

Mi parada llega en el puente de la avenida Colonial, y al bajar del autobús aquella sensación de prisión desaparece con la soledad de las calles que discurre en un silencio que se asemeja a la paz que anhelo por un instante, aunque de pronto algunas miradas sospechosas hacia mi bolso me devuelven a la realidad y me obligan a volver a mi caminata. Mis pasos, fugases e insonoros, son mi único móvil en la rauda carrera por llegar a mi hogar antes de que esos aterradores y pérfidos ojos me asusten lo suficiente como para gritar y pedir auxilio policial. Por fortuna, mi indiferente rostro esconde el terror que crece en mi interior a cada paso, y mientras continúo mi cruzada por llegar sana y salva a mi casa, las doce cuadras de camino parecen más cortas cada día y parte de una rutina que poco a poco se vuelve menos desagradable, aunque no menos dramática.

La oscuridad desaparece al cruzar el umbral del condominio. Doy un último vistazo hacia atrás y siento una vez más que he vencido, pero que la guerra aún no termina. Cierro los ojos y veo hacia atrás… me prometo a mi misma que nunca más te temeré, fría penumbra.
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