Carta a mi padre, mi maestro

Te extraño. He repetido esta palabra hasta el cansancio intentando liberarme de ese dolor de tenerte lejos y, sin embargo, no puedo.

Te quiero, sabes que te quise como a nadie en este mundo y que no existe muestra de afecto más sublime que aquellos abrazos cargados de amor que estremecieron mi ser y me propugnaban un sueño pacífico y reparador. Era tu voz, ronca y tierna a la vez, la única que pronunciaba mi nombre con una dulzura que enternecía mi corazón.

Que cruel puede ser la vida. ¿En qué momento la enfermedad nos arrebató esa sonrisa que iluminaba mi rostro día a día y la convirtió de la noche a la mañana en una triste mueca de dolor que destrozaba mi corazón? El diagnóstico: enfermedad terminal. La cura, inexistente. La familia, destrozada. Solo te puedo pedir perdón por habértelo ocultado todo este tiempo. Solo ahora soy consciente de lo triste que debió haber sido tu calvario, tu sufrimiento, la sensación de ser destruido por dentro por un mal que no hace más que multiplicar el dolor, sumar tumores, dividir sensación y restar esperanzas en una operación milagrosa que solo nos aterrizó en la cruda realidad. Te consumías antes mis ojos y mi corazón se consumía contigo. Te dolía pero ocultabas tu respiración agotada al verme a tu lado, tomabas mi mano y me sonreías sin dejar de repetir mi nombre, procurando que yo no me dé cuenta de tu padecer.

Incluso en esos momentos solo pensabas en mí.

Yo te sonreía con todo mi corazón y a la vez con esa triste sensación de que el hombre que tanto amor me había prodigado aún, a pesar del dolor, tenía la fuerza suficiente para amarme.

No tengo palabras para agradecer todo lo que hiciste por mí, para devolver ese amor, esa inspiración que me dabas para seguir adelante cuando eras tú el que apenas si podía caminar. Perdona mis travesuras infantiles en las que usaba tu pizarrón para dibujar extraños muñecos, mis engreimientos de nieta consentida y las lágrimas que no dejo de derramar cuando te recuerdo. Te prometí no llorar, pero me descubro siempre ahogándome en la tristeza de un presente sin ti, añorando el pasado a tu lado.

Te fuiste, y quise pensar que era como esos viajes de tu juventud en donde tu vocación de maestro te llevó a cada rincón de mundo, recuerdos hermosos que conservabas en foto-postales y libros en lenguas foráneas. Te fuiste, y de repente me sentía muy sola, aunque con el tiempo ese vacío fue llenándose de esa pasión que me inculcaste: la de seguir adelante por los sueños que compartí contigo y que prometo que cumpliré.

Aunque sé que no recibirás esta carta, sé que de alguna manera entiendes todo lo que plasmé en ella. Te extraño, mi querido abuelito, y si el morir tiene alguna recompensa, esa será el volver a verte y sentir ese gran abrazo de oso que me llenaba de paz, y ver mi reflejo sonriente en tus lentes de carey.
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