Pesadilla de medianoche

Sofía respiró asustada, aterrada. Una vez más caminaba presurosa por las frías calles del Centro de Lima. Escuchó los pasos más cerca, mucho más fuertes e incluso más firmes. “Debe ser enorme”, pensó sin darse cuenta de que sus labios temblaban y que su pulso se había duplicado. Su trabajo la obligaba a realizar este peligroso recorrido cada medianoche, y en el trayecto hacia la avenida Tacna se la pasaba rezando por su bienestar y prometiéndole al Señor de los Milagros que este año si iría a la procesión. Siempre llegaba a casa sin un rasguño y la única vez que quisieron robarle, un grupo de muchachos que conversaban en una tienda cercana habían salido a su defensa. El hecho le enseñó a salir siempre acompañada. Pero esta vez la mitad de los trabajadores del diario se habían quedado celebrando el cumpleaños del editor general y ella era la única que iba por una ruta distinta a los demás.
Los pasos se volvieron más continuos, más sonoros, más cercanos. Ella gimió en voz baja. También intentaba ir más rápido pero sus piernas no eran lo suficientemente largas para dar las grandes zancadas que daban las otras secretarias del jefe.

      “Caray, ellas sí que era patilargas”, pensó con resignación.

Se sentía una niña en la oficina y así era como la trataban. Una niña, recién egresada, la típica becaria a la que trataban con condescendencia. Empezó a sudar, no había gente alrededor, no había tiendas abiertas. La procesión del Cristo Moreno ya había pasado y la multitud había desaparecido sin más. Ahora ella estaba sola, no había a quien pedirle auxilio, no había a quien gritarle, no había donde esconderse.
Sintió que los pasos le pisaban los talones e incluso creyó sentir un tétrico respirar a sus espaldas. Tenía que correr, tenía que gritar aunque nadie la escuchase, tenía que intentarlo. No, no podía. Sus piernas le temblaban y apenas si estaba en pie. Su boca estaba reseca y sus labios se habían contraído en una mueca de pánico que era digna de un thriller de Alfred Hitchcock.

      “¿Pero por qué?, ¡si no traía nada de valor!”

No usaba ropa de marca y su humilde uniforme estaba maltratado. No llevaba una cartera estrambótica y apenas si su humilde bolso tenía un par de papeles mal escritos, un lapicero de propaganda y un pañuelo que su madre le había bordado. Tampoco usaba aretes o anillos, pues sufría de una extraña alergia a los metales que le impedía usar hasta un simple reloj de pulsera. Ni que hablar de dinero, pues los 80 céntimos que traía en el bolsillo era su único capital, el cual invertía en su pasaje universitario aprovechando los últimos días de vigencia de su carné.
Sintió una mano gélida en su hombro derecho y la fuerza con la que le hicieron girar hasta ponerla cara a cara frente a un enorme ser que la había seguido durante 15 cuadras sin descanso y que ahora la tenía frente a frente. Cerró los ojos ante esa persona que caminaba con pasos fuertes, decididos y amenazantes, aterrándola ahora con ese terrible respirar que parecía ser el de Darth Vader. No quería verlo, ya no importaba, no tenía sentido oponer más resistencia. Al menos el diario tendría un titular buen titular de policiales en la mañana.
Abrió los ojos asustada, si era el fin al menos quería saber quién la había perseguido durante tanto tiempo. Pero los ojos vivaces y la sonrisa cálida que recibió la descuadraron por completo. Joel, el enorme chico asmático de la sección deportiva, pareció no percatarse de su pánico y le dijo con desfachatez: 

– “El carro del periódico pasará en un rato y es más seguro que andar por la calles tan sola. ¡Vengo intentando detenerte desde hace cuadras!”.

Sofía se puso azul. Definitivamente tenía que ir a la procesión este año. 
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