Ironía desde el inicio

Un plato de arroz chaufa y una sopa wantán. Con eso mi mamá se armó de valor antes de replicar: “¡rápido! ¡Que estoy por dar a luz!”, aunque recalcando que no quería ser llevada aún al hospital, sino ser atendida cuanto antes en ese inundado local de la calle Capón. Me he preguntado siempre si ese es el motivo por el cual adoro la comida china, pero mi madre replica que no lo hizo por antojo. Su única motivación era merendar algo decente antes de empezar a comer el aterrador puré de membrillo que sirven el hospital y que sabe a cualquier cosa menos a dicha fruta.

Me cuentan también que, a diferencia de otras madres, la mía no hizo más alboroto que pedir una silla donde descansar mientras esperaba que alguien la atendiese, pues entró caminando por su cuenta sin reparar que estaba tan dilatada que fácilmente podría haber dado a luz en la calle. Siempre suele repetir que las enfermeras, como ella, no temen lo que ven a menudo y que todo era como un día más de trabajo… aunque ella era ahora la paciente.

Nací un 17 de Setiembre a las 10 de la mañana en el Centro de Lima. El Hospital Materno Infantil San Bartolomé veía desfilar decenas de gestantes al día, y una más o una menos no hacía la diferencia.

Dicen las malas lenguas que mi cabello es frondoso desde que nací, aunque antes era de un negro muy intenso, no como ahora que está inundado de canas hereditarias que algunos de mis amigos gustan quitar, obviando la antigua creencia de que los cabellos blancos son sinónimo de sabiduría. ¡Menuda ironía! Para mí siempre han sido una señal de que necesito un tinte nuevo.

Mi numerosa familia estaba feliz. En una casa en donde todos mimarían a la recién llegada, mi futuro de niña consentida estaba asegurado. No recuerdo las escenas, pero al ver las fotos puedo sentir esa extraña paz que te produce un deja vu hermoso. Realmente, ese día no solo había sido especial para mi madre. Había sido hermoso para todo aquel que tuviese algún parentesco conmigo.

¡Y claro! Como toda historia digna de contarse debe tener un momento anecdótico, la mía no podía ser la excepción. La dulce, aunque despistada, señorita de registros públicos que recorría el pabellón de maternidad agilizando el proceso de inscripción, no reparó en que mi madre quería que me llamase “Alejandra Isabel”. Al notar que había colocado el nombre de mi progenitora donde no debía, solo atinó a escribir “Isabel” esperando que nadie lo notara. Obviamente, repararon en el error muy tarde y de repente la recién nacida llevaba el primer nombre de su madre y de su abuelita,convirtiendo esto en una tradición involuntaria.

Y bueno! para evitar confusiones en el hogar, decidieron rebautizarme familiarmente como Chavelita, diminutivo de Isabel, una flor bonita, sencilla y poco llamativa… y dicen que no se equivocaron al llamarme así…

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